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Escrito por José M. Viera
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¡Qué triste es ver una vida marginada por una desagradable experiencia! ¡Qué
doloroso es ver a alguien que ya no tiene deseos de vivir y de luchar porque
piensa que ya nada vale la pena! ¡Vivir de esa manera no es vivir! Mientras
escribo estas palabras, pienso en la historia de una niña de 8 años que fue
abusada sexual y violentamente por el novio de su madre. Este salvaje animal
casi mata a esta niña. Imagínese el trauma y las sicatrices emocionales y
físicas de esta pobre criaturita. Por supuesto, cuando su familia la encuentra
así, inmediatamente querían saber quién había cometido tal crimen. Después
de insistir muchas veces, la niña delata al criminal que le hizo aquel daño. La
familia se sentía destrozada, al punto que unos de ellos tomaron la ley en sus
propias manos, y le dieron muerte a aquel horrible animal. Cuando la niña se
enteró o supo lo que había acontecido, quedó aún más traumatizada, porque
en su mente de niña pensó que ella era responsable por la muerte de aquel
criminal. Por muchos años no pronunció palabra alguna, porque llegó a creer
que sus palabras tenían el poder de matar. «Si me hubiese quedado callada»,
dijo ella, «aquel hombre no hubiera muerto».

Los años pasaron sin que ella volviera a hablar. Su abuela trataba mucho con
ella, y le daba buenos libros para que los leyera. Con el pasar del tiempo y la
insistencia fiel de se abuela, aquella vida llegó a comprender que no fueron sus
palabras las que mataron a aquel hombre. Ella llegó a comprender que
también hay poder positivo y constructivo en las palabras; y que sus palabras
no habían matado a aquel hombre. Al atraverse a creer que su vida podía
cambiar, ella llegó a convertirse en una escritora internacional muy famosa.
Fue una mujer que habla con suma elocuencia. Nunca más volvió a sentir  
miedo de usar su voz y de escribir sus palabras en libros y poesías. En
resumidas palabras: De una tragedia, nació una bendición, porque se atrevió a
creer.

Quizá ninguno de nosotros hayamos tenido una experiencia tan horrenda como
esa, y gracias a Dios por eso. Pero, dime algo: ¿Quién es el que ta ha herido?
Y, ¿quién te robó la belleza de la vida? ¿Qué pasó con el don de hablar, o de
cantar? ¿Quién o qué te hizo tanto daño? Hoy vives encerrado en tu mundo y
ya no quieres hablar ni cantar, porque todavía sigues pensando en lo que te
hicieron o en lo que dicen de ti.

A todos nos ha pasado. Alguien malinterpretó lo que hicimos o lo que dijimos.
Inmediatamente nos sentimos mal porque pensamos que hemos causado un
daño. Pero, ¿será verdad? Dios sabe todas las cosas, y nosotros nada
sabemos. Podemos encerrarnos en un cascarón y escondernos de la vida, pero
nada beneficioso sacamos con eso. Tenemos que atrevernos a creer. ¿A creer?
Sí, eso mismo: a creer en Dios con todas nuestras fuerzas y corazón, «porque
al que cree todo le es posible» (Marcos 9.23).

A lo mejor te sientes a punto de desmayar. Estás cansado de explicar tus
motivos o razonamientos, y la gente aún sigue sin comprenderte. Ya estás
cansado de soñar porque piensas que de nada sirve; y te has encerrado en tu
propio mundo, porque ya no quieres ser herido, golpeado o marginado. Pero
el Señor te dice: «Atrévete a creer: —¿No te he dicho que si crees, verás la
gloria de Dios?» (Juan 11.40). No dudes ni desmayes, que la única aprobación
que vale es la de Dios. Olvídate de lo que los demás piensen y digan. Si en
verdad amas a Dios y esperas en Él, como dice la escritura, «nunca serás
desamparado» (Salmo 37.25).

¡Atrévete a creer que hay belleza en la vida. No dudes del poder y del amor de
nuestro Dios Todopoderoso. ¡Atrévete a creer que en las Manos de Dios estás
seguro aunque las tormentas vengan contra tu vida! ¡Atrévete a creer que
todo lo que hagas para Dios nunca será en vano aunque otros te digan lo
contrario! Atrévete a creer, y no dejes de soñar.
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