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Escrito por José M. Viera
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¡Levántate!
por José M Viera

Cada ser humano ha experimentado el desánimo, o sea, la pérdida del
espíritu, de las fuerzas, y de la esperanza. Es natural que experimentemos
desánimo frente a las pruebas y dificultades. A veces se nos va el espíritu
(como decimos muchas veces), y ya no tenemos fuerzas para seguir
luchando, ni creatividad para poder sobrevivir en medio de las adversidades.
Todo esto es muy natural y cada ser humano lo experimenta.

Lo que es innatural es permanecer sumido en el desánimo—rendirse frente a
los golpes de esta vida y dejarnos destruir por las tormentas que nos azotan
a cada momento. Es innatural vivir amargado—completamente derrotado,
sin vigor, sin aliento, sin fuerza, sin alegría, y sin esperanza. Vivir de esta
forma es como estar en una lenta agonía—que no nos deja morir, pero que
tampoco nos deja vivir; es como si algo nos ahogara, apretándonos el cuello.

En mi propia vida he experimentado grandes desánimos que me han
paralizado al punto de casi destruirme, pero le doy gracias a Dios porque
puedo encontrar fuerzas en Jesucristo para combatir victoriosamente el
desánimo. La Palabra de Dios dice: —“Todo lo puedo en Cristo que me
fortalece” Filipenses 4.13 (Reina Valera 1960). Por la Palabra de Dios he
logrado a comprender que ese desánimo que nos rinde inmóvil no es de
Dios. —Cuando ese desánimo me controla, no puedo pensar, no puedo
esforzarme y no puedo hacer la voluntad de Dios. Cuando el desánimo se
apodera de mí, quedo petrificado—y todo lo veo gris y nada tiene belleza; la
vida se vuelve fría y solitaria. Y cuando dejo el desánimo entrar en mi
corazón, dudo de mi Dios, de Su Palabra y de Su amor. ¡El desánimo es uno
de nuestros peores enemigos! ¡No es de Dios! Y cuando reconozco estas
cosas, tengo que echarlo fuera de mi vida, en el nombre de Jesucristo.

Es muy importante comprender que el desánimo vendrá a cada uno de
nosotros. No debemos sentirnos mal porque nos desanimemos, pues, con
esta actitud no resolveremos el problema, sino que lo agravará más. Lo
importante aquí no es el desánimo, ni cómo llegó; sino cómo combatirlo y
vencerlo.

Con Cristo podemos hacer frente, no sólo al desánimo, sino a cualquier
situación de esta vida. Cuando confiamos en Él con todo el corazón, no nos
desanimamos de esa manera. Nuestro problema es que decimos que
confiamos en Dios, pero con nuestras acciones manifestamos nuestra falta
de fe y de nuestra obstinada y terca determinación de hacer las cosas a
nuestra manera.

Si estamos en las manos de Dios y verdaderamente amamos a Dios, como
enseña la Biblia en Romanos 8.28, no nos dejaremos desanimar tan
fácilmente. Todo lo que sucede en esta vida tiene un propósito específico y
especial para nosotros. Podemos aprender de los sinsabores; podemos ser
fuertes en medio de los intensos golpes de las pruebas. Podemos ver la
mano de Dios obrando poderosamente a favor de Sus hijos, aún cuando todo
a nuestro alrededor se ve oscuro y turbulento.

Tenemos que levantarnos en el nombre de Jesucristo. Si todo se derrumba a
tu alrededor, levántate en el nombre de Cristo. No mires las turbulentas
aguas que azotan tu barca. Confía en Cristo con todo tu corazón. Sus manos
santas y poderosas son las únicas que te pueden levantar y sostener cuando
te sientas desanimado. Cristo dijo: —“Os he hablado de estas cosas para que
en Mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero ¡tened valor; Yo he
vencido al mundo! (Juan 16.33, Reina Valera Actualizada).

Si te sientes desanimado, clama al Señor inmediatamente, y por nada del
mundo permitas que el desánimo controle tu vida. No pongas tanto énfasis a
las cosas negativas; y escudriña la Palabra de Dios en oración, pidiéndole al
Señor que te ayude a entenderla y ponerla por obra. Llénate del poder de Su
Palabra, dejando que el Espíritu Santo la lleve hasta las fibras más intimas
de tu ser. No es algo que se logra fácilmente, pero, con la ayuda del Señor
se puede alcanzar esta victoria tan necesaria en nuestra vida.

Mi oración al Señor es que el Lector pueda levantarse en el nombre de
Jesucristo:
—“Pongamos toda nuestra atención en Jesús, pues de él viene nuestra
confianza, y es él quien hace que confiemos cada vez más y mejor. Jesús
soportó la vergüenza de morir clavado en una cruz porque sabía que,
después de tanto sufrimiento, sería muy feliz. Y ahora se ha sentado a la
derecha del trono de Dios. Por todo eso, no debemos dejar de confiar
totalmente en Dios. Si la vida es como una carrera, y ustedes tienen ya
cansadas las manos y débiles las rodillas, cobren nuevas fuerzas”. Hebreos
12.2,12 (Biblia Lenguaje Sencillo).