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Escrito por José M. Viera
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¡Por Fin Soy Libre!
Por Julio Arcay, publicado originalmente en inglés bajo el título Free At Last!
Editado en inglés por Sara M Viera. Traducido por José M Viera

“¡Por fin soy libre; por fin soy libre. Gracias, oh Dios Todopoderoso!”

¡Por fin soy libre! ¡Qué declaración! ¿Será posible afirmar esto hoy? ¡Piénsalo
bien! Considerando todos los placeres de este mundo que atraen y engañan
y que tienen cautiva a la humanidad, ¿será, pues, posible que alguien sea
capaz de hacer semejante proclamación?

¿Qué es la libertad? Cuando se habla de obtener libertad entendemos que
primero tiene que haber un estado de esclavitud, o sea, cadenas y ataduras
de servidumbre que impiden nuestro crecimiento y desarrollo. Algunos de
nosotros en el pasado, y quizá algunos todavía hoy, nos hemos encontrado
atrapados o esclavizados a algún tipo de adicción; ya sea el juego (por
dinero), la mentira, las enormes deudas, las drogas o algún otro vicio. Es
necesario entender que detrás de todas esas adicciones el pecado está
ejerciendo su fuerza o influencia, que eventualmente llevan a la condenación
eterna. Sólo el maravilloso y admirable poder de Jesucristo nos puede hacer
libres de todas las cadenas que atan y esclavizan.

¿Cómo puede uno vivir una vida pura delante de Dios en medio de un mundo
saturado de pecado? Encontramos la respuesta a esa pregunta en Romanos
12.2: —“No sigan la corriente del mundo en que vivimos, más bien
transfórmense por la renovación de su mente. Así sabrán ver cuál es la
voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto”
(VCP). La idea clave o principal de este versículo está en la palabra
“transformar”, que significa “cambiar de forma, apariencia y condición”. Esta
transformación milagrosa es posible únicamente cuando nos rendimos
completamente en sumisión a la voluntad de Dios, por medio de la
obediencia a Su Palabra, la Biblia. Someternos a Dios no siempre es algo
fácil, pero siempre vale la pena hacerlo. Leemos en Jeremías 29.11 —
“Porque yo sé los planes que tengo para vosotros”, declara el Señor, “planes
de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza”. Esto
no quiere decir que no vendrán adversidades cuando nos sometemos a la
voluntad de Dios, sino que es un recordatorio de que no importa la
circunstancia por la que pasemos, Dios está en pleno control. Hay momentos
en que Dios permite las pruebas y las tribulaciones en nuestra vida para
moldearnos conforme a Su perfecta voluntad y plan divino.

Hoy puedo testificar acerca de mi experiencia, sobre esa maravillosa libertad
y transformación, que son el resultado del admirable poder de nuestro
amoroso Dios. Yo también, en un tiempo, estuve atado y encadenado por los
pecados que habían en mí. Aun siendo cristiano, muchas veces me encontré
atado a cosas de mi pasado que restringían o limitaban mi diario caminar
con Cristo. La verdad es que Satanás, nuestro enemigo, muchas veces usa
nuestro pasado para avergonzarnos y hacernos sentir que Dios no nos puede
amar. Cuando escuchamos esas mentiras del diablo perdemos las
bendiciones que Dios tiene para nosotros en el presente. Dios me ha
iluminado y me ha enseñado por Su Palabra que lo que yo tengo que hacer
es confiar en Sus promesas. “Con esto no quiero decir que sea perfecto.
Todavía no lo he aprendido todo, pero continúo esforzándome para ver si
llego a ser un día lo que Cristo, al salvarme, quiso que fuera. No, hermanos,
todavía no soy el que debo ser, pero eso sí, olvidando el pasado, y con la
mirada fija en lo que está por delante” (Filipenses 3.12-13).

Dios me ha enseñado una lección muy valiosa y es mi obligación compartirla
con todos; esto es: debemos dejar de perder tiempo en lamentarnos por el
pasado. La voluntad de Dios es que seamos libres, que tengamos amor,
gozo y paz en el momento en que rendimos nuestra voluntad a Él. Entonces
tú también podrás decir: ¡Por fin soy libre; por fin soy libre. Gracias, oh Dios
Todopoderoso!