MURIÓ de amor, basado en Juan 3:16-21
«Por Su gran amor con que nos amó» (Efesios 2:4).
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Muchísima gente ha muerto sobre la faz de la tierra. La muerte ha sido enemiga
de la raza humana. Muchos casos registrados nos declaran cómo personas han
dado la vida por un familiar, por un amigo, y quizás en un acto de defensa
propia. Cuando miramos a otros países sumidos en la miseria y en la pobreza,
encontramos también la muerte haciendo sus estragos. Millones mueren de
hambre, de enfermedades contagiosas; otros mueren por causa de las malditas
drogas y los vicios. La violencia en las calles ha aumentado enormemente, y
cada día, miles de personas inocentes, atrapadas en este ambiente, pagan con
sus propias vidas, la conducta desordenada de otros individuos. Vemos como
enfermedades raras y contagiosas aparecen y destruyen a su paso muchas
vidas, y la ciencia rompiéndose la cabeza en busca de alivios y remedios para la
sufriente humanidad.

«¡La muerte está reinando!» Por lo menos, así parece... unos mueren aquí,
otros mueren allá; unos mueren de una forma, otros mueren de otra forma...
Pero todo se resume en una palabra: MUERTE.

De todas estas muertes, que por cierto, son bastantes deprimentes, hay una
que me llama mucho la atención. Hablo de la muerte de Jesús. Jesús no murió
de una enfermedad contagiosa; a Jesús no lo mataron; Jesús tampoco se quitó
la vida. Jesús murió de amor. Fue tan grande Su amor por tí y por mí  (Juan
3:16), que El se entregó a sí mismo, para salvarnos del pecado y de la eterna
condenación.

El murió en nuestro lugar. Nosotros merecíamos esa muerte por nuestros
pecados (Romanos 6:23), pero El fue conmovido a misericordia. Su corazón se
partió de dolor cuando nos vió rumbo al infierno. Y estando rodeado de tantas
riquezas y honores, no sintió placer en ellas; porque el amor que tenía por
nosotros era mucho más grande que todas aquellas cosas que le rodeaban. Sí,
fue el amor. Ese amor que lo hizo morir. ¡Murió de amor!

La Biblia nos dice que Jesús resucitó. ¡El vive hoy, y únicamente por medio de
El, nosotros también tenemos la vida! Su amor ha revolucionado la historia
humana. No hay otro acontecimiento más grande en la historia de nuestro
planeta que la muerte gloriosa y victoriosa de nuestro eterno Salvador.

Pero aquella muerte no fue el final: ¡El vive! Y si el Lector abre Su corazón a la
presencia del Señor, también podrá vivir. Amén.
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