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Escrito por José M. Viera
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Nostalgia convertida en promesa mesiánica
Por José M Viera

—¡Cómo quisiera yo que Dios nos enviara desde Jerusalén a alguien que
salve a nuestro pueblo! ¡Cuando Dios nos haga prosperar, todos en Israel
estaremos felices! —Salmos 53:6 (Traducción en Lenguaje Actual)

Aquí vemos ese deseo por la paz, la restauración, y la salvación de Israel.
Un deseo expresado con un profundo sentimiento de nostalgia. Pero no es
una tristeza que termina en desesperación, sino que se apoya en la
esperanza de la promesa del Eterno.

Mucho tiempo después, vemos al Hijo del Hombre, llorando por la misma
ciudad. Él era el prometido y el profetizado por muchas generaciones, pero
Yerushalayim no pudo discernirlo. Y aquel Yeshúa, probablemente parado
sobre una colina, contemplaba los edificios de la ciudad del Rey, y expresaba
estas palabras:

—¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te
son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta
sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es
dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que
digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor. Mateo 23:37-39 (Reina
Valera 1960)

¡Qué conmovedor debió haber sido para Jesús expresar esas palabras! Pero
la nostalgia se transformaba en promesa de salvación y paz duradera. Un día
Yerushalayim comprendería que Su Amor siempre estuvo allí... Y un día la
promesa se haría una realidad.

¿Cuántos oramos por eso?
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