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Escrito por José M. Viera
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No Hay Profeta En Su Propia Tierra
«Porque Jesús mismo dio testimonio de que el profeta no tiene honra en su
propia tierra» (Juan 4.44; Mateo 13.57, RV60).
Por José M. Viera

Durante todos los tiempos, han habido hombres y mujeres que han pasado
desapercibidos por los suyos propios. Sus hechos y contribuciones se han
tenido en poco y en algunos casos se han rechazado por completo. Es triste
decirlo, pero es la verdad: «¡No hay profeta en su propia tierra! Esto lo
encontramos en las palabras de Mateo 13.57: «No hay profeta sin honra, sino
en su propia tierra y en su casa» (RV60). «A un profeta sólo lo desprecian en
su tierra y en su familia» (VCV). «En todas partes se honra a un profeta,
menos en su propia tierra y en su propia casa (DHH, NVI). «Al profeta nunca
lo aceptan en su propia tierra ni entre su propia gente» (LBD).

Presento un ejemplo: Tenemos al maestro, líder local o pastor, que día tras
día se esfuerza para ministrar, edificar y dirigir; pero muchas veces sus
esfuerzos son tenidos en poco por alguna gente insensitiva, que no quieren
abrir su corazón y sus ojos a la realidad. Sin embargo, llega «un extraño» o
«visitante» a la congregación, predicando o enseñando lo mismo, e
inmediatamente ésa misma gente insensitiva que rechaza a los suyos, dice:
«¡Ciertamente Dios ha hablado en forma especial!». Lo triste de todo esto es
que Dios ya había hablado lo mismo, día tras día, a través de nuestros líderes,
maestros, o pastor local. Simplemente no se quiso escuchar o recibir el
consejo porque venía de parte del «profeta local». Lamentablemente así
somos nosotros los humanos, que sin darnos cuenta, damos cumplimiento a
las palabras de Mateo 13.57. ¡Estamos dispuestos a cerrar los ojos y los oídos
a los nuestros, para abrírselos a otro que no es de nuestra tierra y casa.

«¡Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde!», son las palabras de un dicho
muy común entre nuestros pueblos hispanos. ¡Cuánta verdad hay en esto!
Estimados Lectores, el mensaje de mis palabras es muy simple: Apreciemos,
respetemos y consideremos a todos aquellos que trabajan en la obra del
Señor, no sea que un día tengamos que aceptar la triste realidad de que ya no
estarán en la congregación o en nuestra vida. Este ha sido mi consejo, sin
embargo, hay unas palabras más importantes que las mías: «Os rogamos,
hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en
el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por
causa de su obra. Tened paz entre vosotros».
(1 Tesalonicenses 5.12-13, RV60).
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