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Escrito por José M. Viera
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Yo Maté A Jesucristo
No sé qué ha pasado! Veo a la gente corriendo... y hay muchas mujeres
llorando. Escucho una multitud que grita frenéticamente, llena de indignación.  
"¿Qué ha pasado?" --Pregunté. Pero nadie me contestó. Seguí a la multitud
para ver lo que sucedía, y para sorpresa mía, llegué a un lugar que se llamaba
Monte Calvario. Allí ví una escena horrible, algo que jamás olvidaré: eran tres
hombres crucificados. Pero el hombre del centro me cautivó con su mirada.
Todos le gritaban; parecía como si él fuera el centro de toda la atracción.

"¿Por qué le matan?" --Pregunté. Un hombre muy enojado, me contestó: "¡Se
ha hecho pasar por el Hijo de Dios!" Yo no entendía eso... Le pregunté a otra
persona: "¿qué delito a cometido ese hombre que está en la cruz?"  Una mujer
me dijo: "Ese es Jesús; a muchos libertó, a otros sanó, y a multitudes
alimentó. Él es el Mesías prometido a Israel, y por envidia le matan". Cuando
ella terminó estas palabras, sentí gran temor y mi alma se conmovió. Yo no
entendía lo que estaba sucediendo, y por eso traté de hablar con un tal Pedro,
pero él lloraba amargamente. ¡Nunca había visto a un hombre llorar así! Más
tarde pude comprender por qué Pedro lloraba. Fuí a Pilato, y le pregunté si él
sabía lo que estaba sucediendo. Él me dijo: "¡A mí no me preguntes nada; soy
inocente de la muerte de ese justo; los judíos son responsables de su muerte!"

Tuve que irme lejos, pues, sentía gran miedo. Yo sabía que se había cometido
una gran injusticia con aquel hombre, pero no sabía quién era el culpable.
Pilato culpaba a los judíos; algunos discípulos de aquel hombre se sentían
culpables también; incluso, uno de ellos se quitó la vida. Era obvio que nadie
quería admitir responsabilidad alguna por la muerte de aquel justo.

Yo dije para mí: "Todos ellos son culpables y están escondiendo la verdad".
Pero alguien me detuvo en el camino y me dijo: "¿A dónde vas? ¿Acaso crees
ser mejor que Pedro? ¿Llamas a Pilato un cobarde, y a Judas un traidor?
¿Acusas también a los judíos? ¿Y qué me dices de tí? ¿No eres tú culpable
también? ¡Tú también mataste a Jesucristo! ¡Tus pecados le llevaron a la cruz!
Sí, tú eres culpable también..."

¡Oh! ¡Qué dolor sentí en mi alma! Por primera vez pude entender que yo
también maté a Jesucristo. Fuí tan cobarde como Pilato; y como Pedro,
también le negué. Estaba tan ciego como los judíos, y de igual manera que
Judas, le traicioné...

Entonces clamé: "¡Oh Dios! Ten misericordia de mí y perdóname por haber
matado a tu Hijo amado."  Lloré como nunca antes lo había hecho en mi vida.
Mi corazón no tenía consuelo, pues, sólo sentía culpabilidad. --"¡Perdón,
Señor. Te suplico que me perdones. Quita de mi alma esta horrible mancha, y
sana la herida de mi corazón..." Y mientras lloraba, alguien puso su mano
sobre mí, y me dijo: "¡No llores más, no sufras más! Mírame, Yo Soy Jesús.
No estoy muerto sino que vivo por los siglos de los siglos. Yo te perdono por
amor de mí mismo. Te declaro libre de tu pecado y de tu pasado; y soplo
sobre ti mi aliento de vida."

Miré al que me hablaba y sus ojos de amor y ternura traspasaron aquellas
murallas que me tenían atado. Él se acercó a mi y extendió Sus manos, y me
dijo: "¡Ven!" Allí mismo me dio un fuerte abrazo, y juntos lloramos los dos.
Nuestras lágrimas no eran de tristeza sino de puro amor. Él me dijo: "Con
amor eterno te he amado. He esperado toda tu vida por este día".

En aquel momento sentí una paz inmensa: Jesús había llegado a mí. El quitó
de mi vida todo dolor. Me dió amor, luz, y esperanza, y vida eterna. Ya no
vivo en tristeza ni amargura, pues Jesús me hizo feliz y de Su Espíritu me
llenó.